Eligiendo entre posibilidades
El sendero por el que ahora caminaba se había vuelto cuesta arriba, era como si tuviese que subir una montaña para poder ver que había detrás de ella y, teniendo entonces, todas las posibilidades de dirección a mi alcance, elegir cuál iba a ser el mejor para mí…
Ya habían partido todos, cada cuál por su trayectoria particular…de nuevo estaba sola, pero esta vez con la ventaja de no haberse oscurecido mi camino, por una vez empezaba a tener cosas claras, a sentir partes de mi ser que no escuchaba antes. Esto me facilitaba el trabajo, podía entender lo que pasaba con mayor rapidez.
Caminaba y pensaba en todo aquello, en la función ello, en como esta necesita del awareness de la situación, en la unión entre las funciones del self y el ciclo de contacto… y vino a mí de nuevo la función ello y el pre-contacto… ¿puede suceder algo en este punto que haga que la energía que empieza a moverse se pare? ¿Qué se interrumpa la excitación creada? ¿O que incluso no llegue ni a existir?
La palabra confluencia empezaba a tomar sentido en todo esto. Confluencia, confluir, con-fluir…fluir con…aquello sonaba a estar pegado a algo, fusionado a otro que no soy yo, y si estoy fusionada ¿quién toma las decisiones? ¿Quién es quién? ¿Cómo nos diferenciamos?
Todo esto me hizo pararme en el ascenso, todas estas preguntas bailaban en mi cabeza y no me dejaban ver con claridad, a la vez sentía que se me escapaban cosas, que necesitaba saber más para entender todo esto, pues de momento no sabía más que la confluencia era la perdida de la diferenciación entre el yo y el no-yo, la no existencia de fronteras…necesitaba más y para ello debía reemprender mi camino.
De pronto empezó a aparecer gente del grupo y, rápidamente, nos unimos todos caminando por aquella cuesta arriba, hasta que la figura del Mago Colorido nos sorprendió de nuevo en mitad de camino, revoloteando a su lado el Hada Silvestre.
Esta vez iba a ser diferente, nos iban a acompañar caminando hasta lo alto de la montaña, las enseñanzas iban a ser a pie de camino… la Función Yo había llegado así, de repente, sin darnos tiempo ni cuenta.
La Función Yo es la encargada de alienar y/o identificar qué va a satisfacer mejor nuestras necesidades, de elegir y rechazar entre las posibilidades cuál se ajusta más a nuestras necesidades y cuál, de entre estas, es la que más nos conviene. Visto así, es fácil entender que va a ser aquí donde se produzcan las perturbaciones del contacto, al menos, la mayoría de ellas.
Si el Self está perturbado, no podrá elegir libremente, sino bajo el prisma de la confluencia, la introyección, proyección, retroflexión y/o egotismo. Es decir, que se alienaran posibilidades posibles, que no llegaremos ni a tener en cuenta, sería algo así como ceguera selectiva.
La Función Yo se sitúa, dentro del ciclo de contacto, en la puesta en contacto y el contacto final.
La puesta en contacto es “ir hacia el entorno”, encontrarme, yo como Organismo, con el Entorno. Y es aquí donde la necesidad se vuelve claramente evidente, volcándose el campo hacia el Entorno y sus posibilidades, emergiendo estas últimas como figuras.
Durante este tramo de la secuencia, el Self puede encontrarse con diversas dificultades:
La introyección consiste en atribuirse el propio Organismo algo que pertenece al Entorno, que algo que pertenece al Entorno pase a formar parte del Organismo sin pasar el proceso de “digestión”, sin el escrutinio de saber si eso es bueno para mí o no, se traga entero y queda como algo ajeno a este, como un cuerpo extraño dentro del organismo, que este reconoce como propio para no sentir la sensación de “vacío”, la incertidumbre del no saber hasta que encuentre la pieza que encaja en ese agujero.
Hay que tener en cuenta la distinción entre introyección e introyecto, siendo este último el patológico. En la introyección sucede “el proceso de digestión”, como un juicio de valor que hace el organismo en donde es capaz de discernir lo que quiere para él de lo que no, lo que encaja con su forma de lo que no, y decide con lo que se queda o si lo desecha. Por el contrario, el introyecto aparece cuando este proceso no sucede y el individuo toma todo como bueno, sin digerir.
Como introyecciones se pueden reconocer las lealtades familiares, la cultura, las costumbres de cada familia, grupo de pertenencia, sociedad… por lo que no siempre ni necesariamente la introyección, como el resto de modalidades del contacto, son patológicas. No son buenas o malas categóricamente, sino que dependerán de cada situación y de cómo afecten al Self. Es más, las modalidades de contacto aparecerán siempre como un ajuste creador a una situación determinada. Será el enquistamiento, el quedarse enganchado a ellos y no encontrar otras maneras de hacer que se adecuen más a la situación presente, lo que harán de esto ajustes conservadores que puedan devenir en patología.
En la introyección acabo olvidando quién soy para tornarme el introyecto, y es así como no soy yo quién elige sino el introyecto.
En la proyección, el individuo pone en el ambiente parte de sí mismo. Sería el opuesto a la introyección (el ambiente el que pone algo de sí en el individuo).
En este caso, entiendo que el individuo acaba relacionándose con partes de uno mismo, aunque puestas fuera, con lo que es conocido para él, evitando la novedad, lo desconocido.
Se proyectan miedos, experiencias pasadas, partes difíciles de asumir para uno mismo… de esta manera se evita la novedad, lo desconocido, la ansiedad ante esta, la excitación, lo incontrolable. Si proyecto, lo hago poniendo cosas conocidas por mí ante cosas desconocidas. De esta forma, se crea un vacío en la experiencia con el entorno, no consigo ver al otro por completo, no consigo ver todas las posibilidades que me ofrece el campo, pues encubro parte con cosas mías.
El encuentro con el entorno acaba siendo así:

En la proyección acabo cubriendo al Entorno con partes de mí, y de esta manera no soy capaz de coger cosas nuevas del entorno, no soy capaz de actualizarme, de aceptar la novedad.
Todo esto me tocaba bastante…me reconocía en todo aquello…empezaba a encontrar respuestas a la pregunta “¿qué puede hacer que la excitación que nace en el pre-contacto decaiga?”.
Podía reconocer introyectos en mi cuerpo, a modo de tapaderas, placas que tapan, no dejaban salir ni entrar a la altura de la garganta. Sensaciones que se acentuaban cuando atisbaba el mínimo grado de conflicto, de agresividad, mi estómago se volvía duro, mi garganta se encogía, todo para evitar que de mi garganta pudiese salir voz, voz de denuncia, voz del no. Era como sentir que mil manos venían a tapar mi garganta y recordarme que se ha de ser amable, hay que llevarse bien con los demás… con palabras como estas no cabe la discusión.
Y si tantas manos vienen a tapar mi boca cuando aparece la sombra de la agresividad…será que la agresividad es peligrosa.
Había vivido escuchando, pensando, sintiendo que la agresividad podía destruir al otro, aniquilar al entorno…quedarme sola.
Temo que si aparece el conflicto, yo pueda hacer lo mismo con el otro, o proyecto mis experiencias sobre él, anticipo lo que va a pasar…
Ahora veo, proyecto mi introyecto, o algo parecido.
Y sé que cuando lo hago me niego, nos niego la experiencia de destruir sin aniquilar, para levantar algo más sólido…
Y es aquí donde aparece la retroflexión.
En la retroflexión el organismo se toma a sí mismo como entorno, se hace a sí mismo algo que iba dirigido al entorno. No es capaz de ponerse en contacto con el entorno “real” y se coge a sí mismo para substituirlo. De esta manera el organismo acaba relacionándose consigo mismo, intenta alimentarse, nutrirse de uno mismo…sólo consigue mutilarse.
La retroflexión se da cuando el organismo ya se está dirigiendo al entorno para satisfacer su necesidad, y, en alguna parte de ese ir hacia, el organismo se para, no siente la suficiente confianza en lo que le rodea y acaba replegándose sobre sí mismo, teniendo que tomar de sí lo que necesita de fuera.
Esta modalidad, en su forma sana, nos permite tomar un tiempo de “seguridad” para cerciorarnos que la opción elegida es la mejor para nosotros. Se torna patológica cuando ese tiempo de reflexión acaba teniendo como fruto el miedo, la desconfianza, y se sustituye la opción idónea por otra que nos dé la seguridad que va a ir bien, que no nos puede fallar, que va a responder a nuestra necesidad, y, ¿quién mejor que nosotros mismo sabe cómo satisfacernos?
Si la retroflexión es superada de manera sana, se pasa a la siguiente fase del ciclo de contacto, el contacto final.
En este punto, el Organismo se identifica con el Entorno y la frontera-contacto se vuelve permeable para que el no-yo pase a ser yo y viceversa. Es el momento en el que organismo y entorno se fusionan en un solo ser para tomar lo que necesitan el uno del otro, y es en este punto donde puede aparecer el egotismo.
En el egotismo, la frontera-contacto se torna muy rígida, como si no fuese permeable, por lo que impide que se produzca la fusión entre ambos. El organismo no es capaz de abandonarse, de perder la individualidad para formar parte de un todo, de perder el control sobre sí mismo. Se diferencia de la retroflexión porque en ésta el organismo se repliega sobre si mismo para tomarse como entorno, mientras que en el egotismo no, tan sólo se para, sin necesidad de más. El egotismo es fruto de la retroflexión, de demasiada retroflexión, el organismo acaba por parar el ciclo en este punto, sin necesidad de satisfacer el deseo. El egotista, antes, ha retroflectado, pero el retroflector no necesariamente egotiza.
En el egotismo existe demasiada ansiedad ante la pérdida de control, ante la posibilidad de no tenerlo todo bajo control, de no saber lo que va a pasar justo después.
En su modalidad sana, es un prestar atención antes de abandonarse, ralentizar para asegurarse que todas las precauciones están presentes para poder abandonarme. En lo patológico, esta parada o ralentización es definitiva.
Todo esto me daba una visión que antes no alcanzaba a ver, ampliaba las posibilidades, me ayudaba a detenerme, a mirar dentro y fuera lo que estaba pasando…aunque a veces era difícil.
Poco a poco entendí que la confluencia nublaba el proceso, que estaba en la base de toda modalidad de contacto. Introyección, proyección, retroflexión, egotismo… demasiado tiempo haciendo lo mismo, tanto, que acaban formando parte de nosotros, convirtiéndose en costumbre, ajuste conservador, y perdemos la conciencia de ellos, acaban confluyendo con nuestra manera de ser.
Es muy difícil darse cuenta de esto si no tenemos a otro que nos devuelva lo que está pasando, que alumbre con su antorcha el rincón de la experiencia y la saque a la luz.
Es curioso ir descubriendo quiénes somos y cómo hemos llegado a ser. Es curioso descubrirnos en todo nuestro entramado de funciones, de modalidades.
Anterior: El nacimiento
