Anatomía del ser
Continuaba el camino. Los guías aparecían y desaparecían.
Era una grata sorpresa encontrar farolillos en las explanadas, indicadores de que pronto aparecerían los seres sabios, seres cubiertos de túnicas marrones, como hábitos de monje, sentados en rocas, árboles, flores…delante de una hoguera, al lado de su antorcha, de su farol…ver como iban despojándose de aquella vestimenta que les hacía desconocidos, anónimos, e iban pasando a seres mágicos, encantados, seres que habitan en la naturaleza, la cuidan…unos gnomos, hadas, elfos, magos, duendes, brujitas danzarinas…Ver como aquella túnica caía y dejaba ver lo que había era un proceso bello, tranquilizador.
La senda fue larga hasta el próximo claro, aunque nos íbamos encontrando en el camino, nos juntábamos grupo y guía para vivir experiencias, explorar nuestras vidas, entender cómo hemos llegado a ser quienes somos…aunque el significado, la comprensión, vendría más tarde, primero, los experimentos. Aquellos encuentros nos ayudaron a conocernos, a crear un sentimiento de grupo, a trenzar la cuerda que nos iba a mantener unidos los tramos del camino que teníamos que recorrer solos. Una cuerda hecha de colores, tantos, como seres formábamos aquella expedición; una cuerda que nos ayudaba a no perdernos, a no sentirnos solos cuando en apariencia lo estábamos, que nos recordaba que no éramos tan “raros”, que había más como nosotros.
En alguna ocasión, la cuerda hizo amagos de romperse, algún hilo se desquebrajaba, se destrenzaba… por suerte, alguna mano podía sentir esto, podía hacer un llamamiento para detenernos, ver lo que estaba pasando, qué lo había producido y, poco a poco, regenerar aquel tramo con hilos más fuertes, con nuevos nudos. Aunque a veces, aquella reconstrucción llevara cierto tiempo y la necesidad de estar solo.
El nuevo claro se acercaba, mientras bajaba la ladera podía verla. Era más grande que las anteriores. Aquello me hacía pensar que esta era una parada importante, un lugar en el que detenerse más tiempo, sin prisa y con todos los sentidos puestos en él.
Poco a poco nos fuimos encontrando, reagrupando y tomando posiciones en la nueva parada, el Mago Colorido nos aguardaba, acompañado, como en anteriores ocasiones, por el Hada Silvestre, sigilosa, translucida, tan solo perceptible por su voz.
Había cierta majestuosidad en el ambiente, se podía respirar que aquel encuentro era especial, que iba a ser denso, complicado, con gran peso en lo venidero. Se trataba de explicar, de entender qué constituye al ser en situación, cómo se estructura el ser, a su vez, el existir en el mundo.
Para entender esto es necesario adoptar la perspectiva de campo, asumir que cada situación que se vive está compuesta por el Organismo y el Entorno que constituye dicha escena. Que es un dúo indisociable, pues uno no existe sin la presencia del otro.
Coexisten uno dentro del otro, sin saber muy bien qué está fuera y qué dentro, que varía a cada instante… el día en que el Organismo se separe del Entorno, será la muerte, sólo en esa situación puede estar el Organismo sin Entorno.
Nuestro organismo está compuesto, en parte, por el entorno, pues el alimento que comemos, que constituyen nuestros nutrientes, provienen del entorno, el aire que respiramos, que necesitamos para vivir, está fuera de nosotros, pero que acaba formando parte de nuestro ser. Y viceversa, el entorno está compuesto por producciones del organismo que se depositan fuera para constituirlo.
Teniendo esto presente, es fácil imaginar que la patología aparece cuando el organismo aliena cierta parte del entorno, una parte importante.
Está idea cambiaba por completo mi visión del mundo, podía explicar qué hacía que la gente se comportara de determinada manera, me hacía añorar el mundo de donde venía, pues con esto todo se cubría de un significado diferente.
Mis pensamientos se cruzaban con las palabras de aquel mago, que nos advertía que en nuestro mundo, la gente no está acostumbrada a pensar bajo este prisma, más bien, suele dejarse llevar por el paradigma individualista, en donde el ser es aislado de su entorno… esta advertencia me recordaba a la cuestión: “Si un árbol se derrumba y no hay nadie alrededor, le rodea la nada ¿suena al caer? Si no hay nadie que pueda percibir al árbol, ¿existe éste?”. La vida pasa entre dos, organismo y entorno (sea este persona, objeto…), la vida sucede porque hay más que yo en el mundo, la vida no sucedería si solo existiese yo aisladamente, no pasaría nada, ni tan solo existiría, imposible sin aire que respirar, sin alimento que tomar…
Entre organismo y entorno existe la frontera-contacto, aquello que define que es el yo y que el no-yo, donde empieza uno y acaba el otro...metafóricamente, la piel sería quien ejercería esta función, la que me delimita como ser diferente a otro y a lo que me rodea, la que me contiene.
Es en esta frontera donde sucede la relación entre yo y no-yo, entre organismo y su entorno. Esta puede ser permeable o impermeable, es decir, que por momentos, la frontera se puede abrir y dejar que ambos, organismo y entorno se encuentren y conjuguen. De esta manera, ambos pueden intercambiar aspectos suyos y cubrir sus necesidades, completar zonas vacías, incompletas…que acabarán formando parte del destinatario y le nutrirán.
Cuando la patología aparece, puede mostrarse por exceso en ambos sentidos; una rigidez que impediría el flujo entre ambos, contribuyendo a la malnutrición en su más amplio aspecto y todas sus consecuencias; o un flujo incesante que impediría la asimilación de los nuevos elementos en cada ser, pudiendo provocar una sobreeliminación por necesidad de espacio, esto implicaría que tanto uno como otro tendrían que desestimar cosas sin poder analizar si son necesarias para ellos o no. Si ambos casos suceden, será imposible finalizar el ciclo de la experiencia o de contacto.
El ciclo de contacto…tenía un nombre muy sugerente que me causaba muchísima curiosidad. Era algo que ya le había oído nombrar a la Brujita Danzarina, un ser que formaba parte de este altermundo, con la que habíamos convivido camino atrás.
De aquel encuentro me quedaba una vaga idea del concepto y una sensación de falta de aprehensión, de haberlo acariciado, tocado, pero sin llegar a sostenerlo el suficiente tiempo para que mis manos quedaran impregnadas de él.
La frontera entre esto y yo no había sido lo suficientemente fluida…
Era ahora cuando tomaba cierta forma, consistencia y la podía coger, sentir que mis poros se calaban de él, calaba en mi piel y se metía dentro, para llegar a formar parte de mí. Aunque no sería tan rápido como aquí parece, primero necesitaría entender otros menesteres.
Todo lo que escuchaba parecía tener sentido, unas cosas se entrelazaban con otras, llegando a perder el límite, a no poder percibir fácilmente dónde empieza una y acaba otra. Ahora entiendo que es así, que no las puedo diferenciar, pues solas pierden su sentido, su significado, solas no tienen utilidad.
Creo que para poder entender el ciclo de contacto, es necesario saber de la existencia del Self, al menos a mi me facilita el comprender.
Cuando organismo y entorno se encuentran, se pueden ver uno al otro y despertar curiosidad, excitación, el Self empieza a tomar forma.
Este se constituye específicamente para cada ocasión, es decir, que será diferente para cada encuentro entre organismo y entorno, pues ambos habrán cambiado en cada encuentro.
Si tomamos todo esto, extraemos que del Self es característico la espontaneidad, pues éste se crea a cada momento, a cada segundo que transcurre en una situación; que está en voz media, es activo y pasivo de la situación, da y recibe a cada momento; y está comprometido en la situación, ya que el Self aparece cuando organismo y entorno cruzan sus caminos, si no hay excitación en el encuentro, la presencia del Self será mínima, de esta forma, cuanta más excitación haya entre ambos, organismo y entorno, más energía habrá en el self, más concentración, y por tanto, más presencia.
El Self está estructurado en funciones, de las cuales se conocen tres:
La Función Ello en donde se encuentran las necesidades, deseos, apetitos, situaciones inacabadas que se arrastran en el tiempo…de cada individuo en cada situación, que pueden repetirse por estar insatisfechas o ser diferentes en cada ocasión. Esta función es el motor que empuja a movernos, a que se ponga en marcha el ciclo de contacto.
Su lenguaje suele ser el cuerpo, pues es aquí donde nace la experiencia.
La función ello nos indica que hay un deseo, necesidad, pero no nos dice cómo se puede satisfacer, ni si hacerlo realidad o descartarlo.
Acceder a ella es muy difícil, pues se trata de nuestro mundo de los deseos y no lo mostraremos a menos que nos encontremos en una situación de seguridad.
Sus perturbaciones son no reconocer los deseos o cambiarlos.
La Función Yo es la encargada de identificar y alienar posibilidades que ofrece el entorno para satisfacer nuestras necesidades; identificar si lo que se nos aparece es bueno para nosotros u omitir, ser ajenos a las posibilidades dejándolas en el fondo, en segundo plano.
Es la función encargada de elegir, de tomar las decisiones, identificar las posibilidades que más me convienen e ir alienando el resto hasta quedarme con la mejor opción.
Las perturbaciones de esta función se presentan como ser capaz de identificar pero no de alienar o viceversa, o la incapacidad en ambas, cuando aparecerían los automatismos.
Así como cuando hay perturbación en la función ello o en la personalidad, la función yo queda afectada por fenómenos que intervienen de manera disfuncional. Es entonces cuando aparecen las modalidades de contacto: confluencia, introyección, proyección, retroflexión y egotismo. Aunque esto no quiere decir que estas modalidades sean disfuncionales, no necesariamente ha de ser patológica su utilización.
Cuando la función yo está pérdida aparecen estas modalidades de contacto que hacen parecer que es la función yo quien elige, pero no es así.
La Función Personalidad en donde se instala la representación que tenemos de nosotros mismos, nuestras experiencias y la del mundo que nos rodea…es quién creo que soy. Se trata de representaciones, por lo que pueden ser ciertas o no.
Esta función es la depositaria de nuestras experiencias y sus asimilaciones, en donde se guarda nuestra manera de hacer y quien viene a recordárnosla para que podamos hacer de otra manera si en esa ocasión no funcionó, el ajuste creador, o a que “repitamos” aquella manera de hacer, ajuste conservador.
La función personalidad se encuentra en la moralidad; la lealtad, particularmente las lealtades familiares; las actitudes retóricas.
Sus dos fundamentales perturbaciones son: la representación falsa de uno mismo y utilizar algunos aspectos de la función que no son apropiadas en la situación.
Estás tres funciones se conjugan para darle forma y poner en marcha la secuencia/ciclo de contacto: la función ello siente la necesidad latente y la alimenta, empuja la necesidad sin forma; la función personalidad va a coger ese empuje, nombrarlo, y junto a la función yo deciden sobre ella, dando forma al empuje y decidiendo cómo será la mejor manera para satisfacerla.
Anterior: A las puertas de lo desconocido conocido
