Educación permisiva
El estilo permisivo de educación infantil cuida y acepta, pero evita hacer demandas o imponer controles de cualquier clase. Los padres permisivos permiten a los hijos tomar muchas de sus propias decisiones a una edad en la que no son capaces de hacerlo. Pueden comer e ir a la cama cuando les apetece, ver tanta televisión como quieran, no tienen que aprender buena educación o hacer ninguna tarea doméstica, y se les permite interrumpir o enfadar a otros sin ninguna moderación paternal. Aunque algunos padres permisivos creen de verdad que este acercamiento es el mejor para la educación infantil, a muchos otros les falta habilidad para influir en la conducta del niño y son desorganizados e ineficaces para llevar la casa.
Baumrind encontró que los hijos de padres permisivos eran muy inmaduros. Tenían dificultad para controlar sus impulsos y eran desobedientes y rebeldes cuando se les pedía hacer algo que entraba en conflicto con sus deseos en ese momento. También demandaban mucho y eran dependientes de los adultos, y mostraron menos persistencia en tareas en preescolar que los hijos de padres que ejercían más control. La relación entre la paternidad permisiva y la conducta dependiente, de no logro, era fuerte en los varones (Baumrind, 1971).
En la adolescencia, la indulgencia paternal continúa relacionada al poco autocontrol. Los adolescentes criados con permisividad están menos implicados en el aprendizaje escolar y usan drogas con más frecuencia que los adolescentes cuyos padres comunican normas claras para la conducta (Baumrind, 1991; Kurdek y Fine, 1994; Lamborn et al., 1991).
En mi opinión, la mayoría de los problemas que aparecen en la adolescencia en la que los padres se sienten incapaces de manejar a sus hijos pueden venir de aquí.
No hay que olvidar que la adolescencia es un periodo de “digestión y asimilación” de lo aprendido en la infancia, en donde el adolescente intenta valorar qué ha aprendido y con qué cosas quiere quedarse. Es decir, que es el periodo en el que empieza a formarse su criterio propio, así que no es de extrañar que se oponga, de una manera razonable, a las figuras paternas en un intento de individualizarse, sentirse ente propio y distinto a la familia.
El problema aparece cuando no cabe la discusión razonada ni razonable, cuando no se puede hablar y esto se sustituye por violencia verbal y física, posibles consecuencias de una educación permisiva, sin límites.
Durante la infancia, el niño necesita aprender sobre los límites y es muy difícil que lo pueda hacer sólo, necesita la presencia de los padres o una figura de autoridad que le señale dónde están, en qué consisten y para qué sirven. De ahí la importancia de la figura paterna en la niñez, pues en la adolescencia puede ser demasiado tarde.
