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Educación no implicada

Una paternidad no exigente combinada con una conducta indiferente o de rechazo constituye el estilo de no implicación. Los padres no implicados muestran poco compromiso con el cuidado más allá del mínimo esfuerzo requerido para alimentar y vestir al niño. A menudo, estos padres están tan abrumados por las presiones y tensiones de sus vidas que tienen poco tiempo y energía para compartir con los hijos. Como resultado, se enfrentan a las demandas de la paternidad haciendo lo que pueden por evitar inconveniencias. Puede que respondan a las demandas del niño de fácil accesibilidad, pero cualquier esfuerzo que implique metas a largo plazo, como establecer y hacer cumplir reglas sobre los deberes y la conducta social aceptable, es débil y fugaz (Maccoby y Martin, 1983).

En el extremo, la paternidad de no implicación es una forma de maltrato infantil llamada  negligencia. Especialmente cuando comienza pronto, interrumpe casi todos los aspectos del desarrollo. Las madres deprimidas, emocionalmente desapegadas, que muestran poco interés por sus bebés tienen hijos que presentan déficits en muchos dominios, incluidos el apego, la cognición, y las habilidades emocionales y sociales. Incluso cuando el poco compromiso paternal es menos pronunciado, el desarrollo de los niños está dañado. En un estudio longitudinal, los preescolares cuyas madres no estaban implicadas, opuesto a receptivas, durante los primeros años, no se conformaban y eran exigentes. Cuando se les pedía que esperaran mientras la madre rellenaba un cuestionario, estos niños tiraban y estiraban de la ropa de la madre, le cogían el bolígrafo y algunas veces le daban patadas y les pegaban (Martin, 1981).

La paternidad de no implicación también funciona mal a edades mayores. Investigaciones demuestran que los padres que rara vez tienen conversaciones con los adolescentes, se toman poco interés por la vida escolar, y pocas veces son conscientes de su paradero, tienen hijos con baja tolerancia a la frustración y poco control emocional, van mal en el colegio, no tienen metas a largo plazo, y son propensos a participar en actos delincuentes (Baumrind, 1991; Kurdek y Fine, 1994; Lamborn et al., 1991; Pulkkinen, 1982).

Lo que diferencia a los padres permisivos de los negligentes es que los primeros si están receptivos hacia el niño, le escuchan, hay dialogo; mientras que los padres negligentes no hacen caso de las demandas de atención de sus hijos, los tratan como objetos y no como personas.

Esto se traduce en que cuando el niño intenta llamar la atención de los padres, normalmente con conductas poco pertinentes, antisociales... éstos lo ignoran, creando en el niño un sentimiento de vacío, soledad, siendo no-visto por la mirada paterna. Ante esta respuesta, el niño puede optar por aumentar la magnitud de sus actos, pasando a la violencia, altercados públicos...

A la vez, esta imagen recibida de los padres es tomada por el niño y será traducido por tratar como objetos al resto de personas, convirtiéndose en alguien sin escrúpulos, incapaz de empatizar con el otro, de ponerse en su lugar, con todas las implicaciones que esto conlleva.

No hay que olvidar que la mirada de los padres es el espejo para los hijos, aunque les pueda doler lo que ven reflejado.

Es por ello que los hijos de padres negligentes tienen una altísima probabilidad de convertirse en antisociales, acabar abocados a la delincuencia, violencia y drogas, siendo éstas últimas necesarias para poder sentir alguna cosa en un cuerpo carente de sensibilidad.  

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