Educación autoritaria
Los padres que utilizan un estilo autoritario también demandan, pero dan tanto valor a la conformidad que no son receptivos – incluso rechazan por completo- cuando los niños no están dispuestos a obedecer. “¡Hazlo porque yo lo digo!” es la actitud de estos padres. Como resultado, participan en pocas concesiones mutuas con los hijos, que se espera que acepten la palabra del adulto como correcta sin cuestionárselo. Si los niños no lo hacen, los padres recurren a la fuerza y al castigo. El estilo autoritario está claramente sesgado a favor de las necesidades de los padres y se suprimen la expresión y la independencia de los niños.
Baumrind (1967, 1971) encontró que los preescolares con padres autoritarios eran ansiosos, introvertidos e infelices. Cuando interactuaban con iguales, solían reaccionar con hostilidad si estaban frustrados. Los chicos, especialmente, se enfadaban y oponían. Las chicas eran dependientes y no exploraban, y se retiraban de tareas desafiantes.
En la adolescencia, los jóvenes con padres autoritarios continúan siendo menos ajustados que los expuestos a un estilo democrático (Steinberg et al, 1994). No obstante, a los adolescentes acostumbrados a una educación autoritaria les va bien en el colegio y es menos probable que participen en actos antisociales que aquellos con padres no exigentes (Baumrind, 1991; Kurdek y Fine, 1994; Lamborn et al., 1991).
Lo que diferencia el estilo democrático del autoritario no es que los padres acaben accediendo a lo que quiere el hijo después de una discusión o a que los hijos de estos acaten todo lo que se diga, sino que cuando el niño se resiste a mandatos adultos en el hogar, los padres democráticos manejan la situación con paciencia y racionalmente. No ceden a las demandas no razonables de los niños, ni responden con severidad ni arbitrariamente. Baumrind enfatiza que no sólo el control firme sino que el uso racional y razonable del control firme facilita el desarrollo.
